LECCION No. 3
LA PARTE DIVINA
INTRODUCCION
Como
observamos la situación en que se encuentra el hombre por causa del
pecado es lamentable, totalmente apartado de Dios sin medios de salvación
en sí mismo. Recordemos también que por medio de la ley no se pudo
alcanzar justificación. Pero no puede quedarse todo en este panorama
desolador de condenación eterna, pues Dios en su infinito amor y
misericordia nunca se ha olvidado del hombre y en el momento en que se
produjo el pecado ya Dios tenía preparado un camino de redención para
volver al hombre a su lado, en comunión; este camino
preparado por el creador es lo que llamamos la parte divina en la
salvación del hombre.
DIOS
ANUNCIA LA SALVACION
Como
se decia, Dios tenía ya preparado un plan y en el momento que aparece el
pecado comienza a revelarlo anunciando la destrucción de la simiente
moral del maligno (Génesis 3:15). A partir de éste momento se empieza a
mostrar como se va ha dar cumplimiento a esta promesa.
Ahora
bien como el hombre era el que se había revelado contra Dios era
necesario que uno de la misma naturaleza el cual no tuviera pecado llevase
en sí los pecados de toda la humanidad, en pocas palabras alguien que
sirviese como redentor de la humanidad, quien pagaría el precio por la
salvación del hombre (Hebreos 2:17). Así pues, para el cumplimiento de
ese plan solo podía haber un escogido, como ya se estudio en la lección
pasada todo hombre está bajo pecado, siendo necesaria la intervención
divina permitiendo que fuese el mismo unigénito de Dios quien tomando
carne pagase el precio (Juan 3:16).
Dios
escogió desde tiempos antiguos una familia en la cual había de nacer éste
Mesías Salvador, apartándose para hacer de ella un pueblo santo digno
del hijo de Dios por lo cual les anunció ésta su voluntad comenzando
desde Abraham el padre de la nación israelita (Génesis 12:1-3; 22:18).
De la descendencia de Abraham saldría aquel en el cual alcanzarían
bendición todas las familias de la tierra; causa que motivó la aparición
de la ley cuando el pueblo estaba ya formado, para preservar la simiente
(Gálatas 3:19-24).
EL CUMPLIMIENTO DE LOS TIEMPOS
Después
de mucho tiempo desde que fue hecha la promesa de la simiente a Abraham,
llegó su cumplimiento, escogiendo Dios una virgen de la casa de David
para que llevase en su vientre al hijo de Dios que era encarnado (Gálatas
4:45), es el momento del advenimiento de la simiente salvadora (Gálatas
3:16). El Señor Jesucristo, el Hijo de Dios, siendo Dios tomó forma
humana para poder redimir al hombre (Hebreos 2:14) viviendo en todo como
hombre pero sin pecado (Hebreos 4:15). Presentándose a sí mismo como un
sacrificio perfecto (Filipenses 2:6-8) ya que va más allá de los dolores
y tormentos del madero, comenzando desde el momento en que toma forma de
siervo llevando una vida de piedad tiene que soportar la persecución de
los hombres a los cuales había venido a salvar y llegando a consumar
todo, cuando entrega su cuerpo como holocausto y derrama su sangre para
expiación, cargando en sí mismo con el pecado de toda la humanidad y así
elevó su sacrificio hasta el mismo cielo donde Dios lo recibió, aceptándolo
de una vez por siempre (Hebreos 9:24-26).
EL
CAMINO AL CIELO DESPEJADO
Con
el sacrificio de Jesucristo, se despejó de nuevo el camino al cielo, la
morada de Dios, pues por medio de Él, podemos llegar al Padre y alcanzar
el perdón de los pecados (Hebreos 10:18-20).
Jesucristo,
se presenta ahora como mediador de un mejor pacto (1 Timoteo 2:5),
cumpliendo de esta manera con el propósito eterno de Dios (Efesios
3:11-12); pues el deseo de Dios es que no se pierda ningún hombre, sino
que todos participen eternamente de su gloria, posibilidad que se abre por
medio de Jesucristo (Hebreos 5:8-9), ya que el pecado a quedado clavado en
el sacrificio del Señor, entrando a un pacto de gracia donde se obtiene
como dádiva el perdón de los pecados (Efesios 2:4-5). Esta es la parte
divina en la salvación del hombre; proveer un sacrificio por medio del
cual todo hombre puede alcanzar justificación. Interviniendo el Padre
como diseñador de un plan de salvación, el Hijo como ejecutor y el Espíritu
Santo como revelador.
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